Leyenda de El Puente del Clérigo

En el año de 1649 en que ocurre esta verídica historia que los años trasformaron en macabra leyenda, El lugar en que tuvieron lugar estos hechos escritos en las antiguas crónicas eran simplemente unos llanos en los que se levantaban unas cuantas casucas, que formaron parte de la antigua parcialidad de Santiago Tlatelolco; sin embargo cruzando apenas los canales de riego llamado de Texontlali, cuyas aguas azul claras iban a desembocar a la laguna (junto al mercado de La Lagunilla siglos después), había unas casas de muy buena factura, en una de las cuales y cruzando el puente, vivía un religioso llamado don Juan de Nava, que oficiaba en el templo de Santa Catarina. Este sacerdote tenía una sobrina a su cuidado, muy linda, de buen ver llamada doña Margarita Jáuregui.

El tercer personaje de esta increíble y verdadera historia, aparece en el escrito 231 de las memorias de Fray Marcos López y Rueda, que fuera obispo de Yucatán y Virrey provisional de la Nueva España, lo fue un caballero y portugués de muy buena presencia y malas maneras llamado don Duarte de Zarraza. En 1856, Duarte de Zarraza, conoció a doña Margarita Jáuregui, en una fiesta virreinal. Por decirse de familia ilustre, asistía a los saraos y fiestas virreinales a los cuales doña Margarita Jáuregui también tenía acceso. Conocer a tan hermosa dama y comenzar a enamorarla lo fue todo para el portugués, que indagó y fue hasta la casa del fraile situada al cruzar el puente antes mencionado. Su presencia frecuente, sus regalos y sus cartas encendidas pronto inflamaron el pecho de doña Margarita Jáuregui que estaba en edad en que se sueña con un marido, por lo que pronto accedió a los requerimientos amorosos del portugués.

Pero don Fray Juan de Nava también indagó muchas cosas de don Duarte y descubrió que allá en su tierra tenía muchas deudas y se había casado con dos mujeres. Que aquí en la capital de la Nueva España llevaba una vida disipada y silenciosa y que vivía en la casa gaya y se exhibía con las descocadas barraganas. Además tenía varias queridas en encontrados rumbos de la ciudad y andaba en amoríos con diez doncellas. Por todos estos motivos, el cura Juan de Nava prohibió terminantemente a su sobrina que aceptara los amores del porfiado portugués, pero ni doña Margarita ni don Duarte hicieron caso de las advertencias del clérigo y continuaron con sus amoríos a espaldas del ensotanado tío. Dos veces el cura Juan de Nava habló con el llamado Duarte de Zarraza ya en tono violento prohibiéndole que se acercara tan solo a su casa o al puente de Tezontlali, pero en contestación recibió una blasfemia, burlas y altanería de parte del de Portugal. Tanto se opuso el sacerdote a esos amores y tantas veces reprendió a la sobrina y a Zarraza, que este decidió quitar del medio al clérigo, porque según dijo, nadie podía oponerse a sus deseos. Siguiendo al pie de la letra añejas y desleídas crónicas, sabemos que el perverso portugués decidió matar al clérigo precisamente el 3 de abril de ese año de 1649 y en efecto se fue a decirle a doña Margarita Jáuregui, que ya que su tío-tutor no los dejaría casarse, deberían huir para desposarse en La Puebla de los Angeles. La bella mujer convino en seguir al galán burlando la voluntad del cura.

El día señalado estaba conversando por la ventana de la casa a eso de la caída de la tarde, cuando Duarte de Zarraza vio venir al cura, acercarse al puente de Texontlali y sin decirle nada a Margarita, se alejó del balcón y corrió hacia el puente. No se sabe lo que dijeron, mejor dicho discutieron, pero de pronto, Duarte de Zarraza sacó un puñal en cuyo pomo aparecía grabado el escudo de su casa portuguesa y clavó de un golpe furioso en el cráneo del cura quien cayó herido de muerte. El portugués lo arrastró unos cuantos pasos y lo arrojó a las aguas lodosas de la acequia por encima de la balaustrada del puente.

Como era de muchos conocida la oposición del cura a los amoríos con Margarita su sobrina, Duarte de Zarraza decidió ocultarse primero y después huir a Veracruz, en donde permaneció cerca de un año. Pasado ese tiempo, el portugués regresó a la capital de la Nueva España y decidió ir a ver a Margarita Jáuregui, para pedirle que huyera con él, ya que si tío el cura estaba muerto. Esperó la noche y se encaminó hacia el rumbo norte, por el lado de Tlatelolco…Llegó al puente de la acequia, pero no pudo pasarlo, de hecho jamás llegó a cruzarlo vivo. Al día siguiente caminantes mañaneros lo descubrieron muerto, horriblemente desfigurado del rostro con una mueca de espanto, el mismo que sufrieron los descubridores, ya que don Duarte de Zarraza yacía estrangulado por un horrible esqueleto cubierto por una sotana hecha jirones, manchada de limo, de lodo y agua pestilente. Las manos descarnadas de aquél muerto, en el cual se identificó en el acto al clérigo don Juan de Nava. Mientras brillaba a los primeros rayos del sol de la mañana, la hoja de un puñal que estaba hendiendo su mondo cráneo y en cuyo pomo aparecía el escudo de la casa de Zarraza. No había duda, el cura había salido de su tumba pantanosa en la que permaneció todo el tiempo que el portugués estuvo ausente y al volver a la ciudad emergió para vengarse. Esto dicen las crónicas, esto contó años más tarde la leyenda y por eso, al puente sin nombre y a la calle que se formó andando el tiempo, se le conoció por muchos años, como la calle del Puente del Clérigo, hoy conocida por 7a., y 8a., de Allende dando como referencia el antiguo callejón del Carrizo.